Siempre me había reído de esos programas que dicen que se vuelven al pueblo. Yo era de esos hombres convencidos de que la ciudad lo tenía todo. Tengo luces, ruido, negocios, movimiento constante. Durante años me dejé arrastrar por esa rutina frenética, creyendo que era sinónimo de éxito.
Y la verdad es que trabajaba doce horas al día, regresaba a un departamento pequeño que apenas veía con la luz del sol. Eso sí, siempre pensaba que era feliz. Pero un día, mientras esperaba un tren que llegó con veinte minutos de retraso, esto ya se sabe que son cosas que ha dicho Oscar Puente que tiene que ser habitual, me di cuenta de que no recordaba la última vez que había estado tranquilo.
Un domingo decidí escapar en mi coche sin rumbo fijo. Conduje durante horas hasta que terminé en un pequeño pueblo rodeado de montaña y casas bajas de techos rojos. Era como una película de cuento. Me senté en la plaza, pedí un café en el bar, el único que tenía, pero donde se respiraba buen rollo y vi a la gente saludarse por su nombre, conversar sin prisa, reír a carcajadas. Esto es lo que yo quiero.
A las pocas semanas tomé una decisión que dejó a todos con la boca abierta: dejé el departamento, vendí parte de mis cosas y compré una casa antigua en ese mismo pueblo.. Mis amigos me llamaron loco. “¿Qué vas a hacer en un pueblo? Te vas a aburrir”. La verdad es que no sabía ni donde me metía.
Momentos duros
Al principio, la adaptación no fue sencilla, todo lo contrario fue complicado. El silencio de las noches me inquietaba, y el ritmo pausado me parecía casi artificial. Sin embargo, poco a poco empecé a encontrar belleza en los pequeños detalles.
Por ejemplo, el olor a pan recién horneado que llegaba de la panadería, las conversaciones en la tienda de ultramarinos, la calma de caminar sin prisa por las calles empedradas. Y, lo más importante, empecé a encontrarme.
Fue entonces cuando surgió la idea de la piscina. El jardín de la casa era grande, pero estaba descuidado. Una tarde pensé: “¿Por qué no construir aquí una piscina?”. No era un lujo, sino una manera de darle vida al espacio. Imaginé tardes de verano, risas, amigos compartiendo un asado junto al agua. Así que a por ello que fui después de llamar a Rama Piscinas.
Y es que estos profesionales tenían una cosa que me gustó mucho, una solución tecnológica que no perjudicaba al medio ambiente y que simultáneamente reducía los costos de operación. Por ejemplo, la variante de cubierta de láminas solares permite un funcionamiento ecológico de la piscina, donde el agua se calienta directamente mediante energía solar.
También tenía iluminación con tecnología LED, para reducir el consumo de energía eléctrica. Y es que no sé si os he dicho, pero soy un amante de la ecología y de no contaminar.
La obra se convirtió en un toda una fiesta. Vecinos, los más curiosos, pasaban a preguntar cómo iba, me daban consejos, algunos hasta se ofrecían a ayudar. Yo nunca había sentido esa sensación de comunidad en la ciudad. Finalmente, después de semanas de trabajo, el día llegó: la piscina estaba lista, azul y reluciente bajo el sol.
Lo que sucedió después superó cualquier expectativa. La piscina se transformó en un punto de encuentro. Los niños del barrio venían a nadar, los adultos se quedaban conversando en las tardes, y poco a poco mi casa se volvió un lugar de reunión. Yo, que en la ciudad apenas tenía tiempo de ver a alguien, ahora me encontraba rodeado de personas, de historias, de vida compartida.
Recuerdo con mucha gracia una tarde en especial. Estábamos reunidos alrededor de la piscina, los niños jugando en el agua, los adultos charlando y riendo. El sol caía detrás de las colinas y alguien me puso una mano en el hombro para decirme: “Hiciste bien en venir, ahora este pueblo también es tuyo”. La verdad es que me emocioné, pero me di cuenta de que todo había merecido la pena.
Hoy, cuando me despierto y escucho el canto de los gallos, o cuando veo mi jardín lleno de vida, me doy cuenta de cuánto cambió todo. Vine buscando silencio y encontré comunidad. Vine huyendo del ruido y encontré un hogar. Y aunque parezca exagerado, sé que fue la piscina la que hizo posible esta transformación. Porque a veces los cambios más grandes comienzan con una decisión simple, casi banal.

